Corre. Va dando tumbos y se tambalea sobre los tacones. Son tacones muy finos, de sandalias de fiesta, aunque ya son las 12.30 del sábado. Lleva un vestido azul brillante, muy arrugado y con una enorme mancha parda en la falda, a la altura del pubis.
Es muy joven.
Tropieza con algo. Se ha hecho daño en un pie
y llora; en realidad, ya venía llorando, pero ahora se nota más. La gente se
aparta. Está borracha, dice un señor. Efectivamente, está borracha, pero no
sólo y no tanto.
Baja del bordillo. Un coche está a punto de arrollarla;
la esquiva en el último momento. Otro reduce la velocidad hasta casi pararse,
esperando a ver qué movimientos hace; la acompañante del conductor pone los
seguros en las puertas. Ella titubea a un metro del morro, mirando fijamente al
parabrisas, aunque, en realidad, a ellos no les ve.
Termina de cruzar la calle. No la han
atropellado, después de todo, aunque lo mismo tampoco le hubiera importado
demasiado.

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